A 21 años de su muerte … Por qué Ayrton Senna sigue tan vivo?

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Ayrton Senna falleció hace veintiún años en el GP de San Marino de 1994. Por su talento como piloto y carisma único, su figura se mantiene omnipresente en la Fórmula 1.

Hoy, día 1 de mayo, vuelve a recordarse universalmente el fallecimiento de Ayrton Senna en el Gran Premio de San Marino de 1994. Tantos años después, no sólo sigue presente en la Fórmula 1, también es referencia para pilotos de otras generaciones como Fernando Alonso y Lewis Hamilton. Curiosamente, ambos se consideran némesis uno del otro y su objetivo declarado es igualar los títulos que el brasileño logró en su día.

¿Por qué todavía su memoria tiene tanta fuerza y potencia? Ayrton Senna no era sólo un piloto único. Era también un ser humano diferente. Con sus luces y sus sombras, por supuesto, pero alguien distinto.

“Vas a tener el mejor regalo de todos: yo mismo”

Lo cuenta su hermana Viviane en la famosa película sobre su vida y carrera. Desde el accidente de Roland Ratzenberger el día anterior, Senna no era el mismo. Quizás presintiendo su destino ante el colega caído en combate, la tarde del sábado, Senna reflejaba la imagen de alguien indefenso. Alain Prost, que estuvo junto a él, lo supo bien.

Por la mañana, en su turbación, Senna acudió a la Biblia para encontrar consuelo como tantas veces hacía. Y le pidió a Dios consejo para lo que abrió el libro sagrado al azar. Leyó: “Vas a tener el mejor regalo de todos, Yo mismo”. Volver a ver las imágenes del rostro y la expresión del piloto brasileño dentro de su monoplaza, sin el casco, pocos momentos antes de la salida, pone los pelos de punta.

Como trascendería su personalidad y carisma que, incluso, protagonizó su propia película. Pero no de ficción, como ‘Rush’ o como se pretende ahora con Robert de Niro y Ferrari. Algo único.

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La necesidad constante de trascender

Alguna vez hemos contado la historia, pero siempre cabe recordarla como peso de medida de su personalidad. Ojala cualquier aficionado la Fórmula 1 hubiera tenido la oportunidad de haber vivido aquella escena.

Quién escribe estas líneas se cruzaba con el propio Senna cuando volvía de presenciar las horribles imágenes de Martin Donelly, tronchado en la pista tras partirse por la mitad su monoplaza en Jerez 1990. Podían verse algunas lágrimas en su rostro, cabeza agachada, casco en la mano… Y se intentaba vanamente intuir qué pasaría dentro del corazón de quien poco más tarde tendría que salir nuevamente a la pista.

Senna bajó posteriormente en un segundo el tiempo anterior. Logró la pole, pero lo sobrecogedor fue escucharle después en la rueda de prensa cuando daba forma con palabras a sus emociones y sentimientos expresando esa lucha interior para asimilar lo vivido y responder a continuación sobre el asfalto. Todos absortos, magnetizados ante esa voz tranquila y emocionada de quien fue capaz, nueva e increíblemente, de superar lo que parecía insuperable.

Ayrton Senna, en su vida, necesitaba trascenderse a sí mismo constantemente. Como si buscara elevarse hacia esa divinidad a la que siempre acudía usaba un monoplaza de carreras como instrumento para superar sus límites terrenales como ser humano. ¿Exagerado? No hay espacio para recuperar aquí las mil y una veces en las que expresaba ese mecanismo psicológico, esa constante lucha interior por tocar esos límites para luego fulminarlos, una y otra vez, en un bucle interminable. Por eso le llamaban ‘Magic’.

El mayor abanico de emociones

“Cuando estabas con Ayrton, te dabas cuenta que estabas tratando con un ser humano realmente extraordinario, un hombre de una capacidad mental extraordinaria”, explicaba recientemente Frank Williams respecto al brasileño en la revista Motorsport: “Y cuando me hacía una pregunta, me decía: Ten cuidado Frank, piensa antes de responder”.

Hace pocas fechas, El Confidencial entrevistaba a Paco Costas, periodista español con décadas de experiencia en la Fórmula 1. Senna respetaba profundamente a Paco. Y hoy, tantos años después de su muerte, con la perspectiva que da el paso del tiempo, cabe recordar lo que contestaba al respecto del piloto brasileño: “Y encima se muere mi ídolo… Se acabó. No volví nunca más a la Fórmula 1. Sentía cierto enamoramiento, no físico, sino espiritual por Senna, me parecía… Le admiraba profundamente como ser humano. Era alguien muy interesante. Como piloto no tenía discusión, había nacido para ganar y además era muy paranoico en ese sentido, ganar, ganar… A veces hablaba más de lo necesario. Era especial como ser humano, muy espiritual, muy familiar y muy inteligente”.

Firmado de la cruz a la bola. Senna abarcaba en sí mismo el abanico más amplio de las emociones que pueden encontrarse en el hombre. Implacable, duro y feroz como el más intenso de los guerreros. Sensible y compasivo como el mejor de los samaritanos. Mientras oscilaba entre uno y otro extremo del arco vital, a tantos dejó enganchados. Por eso, todavía hoy, se le recuerda tanto.

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