“Yo salgo a correr para ganar: es una obsesión. O gano o rompo”

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Con su estilo aguerrido, de siempre ir a todo o nada, Carlos Pairetti fue protagonista de una era dorada del automovilismo argentino. “El loco”, como lo apodaron, se consagró en el TC en 1968 con “El Trueno Naranja”.

El 10 de octubre de 1935 en Clucellas, Santa Fe. En ese día y lugar nació Carlos Alberto Pairetti, el segundo hijo del matrimonio Pairetti-Litardo. De su infancia, recuerda su primera vez arriba de un auto: “A los 12 manejé un Plymouth del ´28, con el que hacía estragos”, señala. Tras la muerte de su padre Atilio, la familia se radicó en Arrecifes, Buenos Aires. Allí Carlitos abandonó los estudios en cuarto año y rápidamente se contagió del virus que tienen los arrecifeños: el automovilismo. “El que nace allí ya trae olor a tuerca”, contó.

Comenzó a frecuentar el ambiente, acompañando a Néstor Marincovich. Y finalmente tuvo su estreno el 25/3/1962 en la Vuelta de Pergamino y con la cupé Chevrolet del malogrado Néstor, que adquirió con la ayuda de amigos. Peleó adelante y llegó décimo. Ganar no era fácil, ya que por ahí andaban los Emiliozzi. Sin embargo, no se amilanó y, a poco más de un año del debut, alcanzó su primer triunfo en la Vuelta de Mar del Plata de 1963. También festejó en el Gran Premio de ese año; así que solo le faltaba el título, pero su estilo impulsivo lo traicionaba. “Yo salgo a correr para ganar: es una obsesión. O gano o rompo”, admitía.

En 1965 alternó su participación con dos autos: un Volvo 122 SB (el 6/1 venció en Villa Carlos Paz, siendo el primer y único triunfo en TC de una marca que no fuera Ford, Chevrolet, Dodge o Torino) y un Chevrolet. Pero en 1967 permutó su vieja cupé por un prototipo: el Barracuda Chevrolet. El avance de IKA con el Torino o las Liebres se volvió tan abrumador que Pairetti apenas cosechó tres triunfos entre 1967 y 1968. Para contrarrestar eso, se contactó con Horacio Steven, creador de los fracasados prototipos Ford F-100, con la idea de hacer un auto sobre la base del proyecto anterior, pero dotándolo de un motor Chevrolet. Fue así que el 23/6/1968 vio la luz el prototipo bautizado como “El Trueno Naranja”, por su color inconfundible. Con esta arma, se alzó con cuatro triunfos que le fueron suficientes para proclamarse campeón de TC.

En 1969 se subió a la “La Nova Naranja” (chasis de Liebre MkIII), pero estuvo lejos de defender la corona. Compitió también en la F-1 Mecánica Argentina y al año siguiente se pasó a Ford, decisión que le valió muchas críticas. Debutó en la Fórmula B (para los Sport Prototipo), y en 1971 fue contratado por el equipo oficial Ford, que competía en la F-A (para coches de producción). A pesar de haberle dado al óvalo un triunfo tras mucho tiempo, Pairetti rompió relaciones a raíz de los roces que tuvo con el preparador José Miguel Herceg, quien se quejaba del castigo que el piloto le daba a sus motores.

Por eso fue a mostrarse en el exterior. Corrió en la F-3 Europea, donde dejó una buena impresión y se ganó el apodo de “Il Matto” (El Loco) que le pusieron los italianos al ver su extrema forma de conducir. Y hasta intentó -sin éxito- clasificar a las 500 Millas de Indianápolis. Regresó al país en 1977 para volver al TC con un Dodge, auto con el que logró una nueva victoria el 26/3/1978 en San Martín, Mendoza. Finalmente, se retiró el 14/8/1978, con un total de 22 triunfos.

Se dio el lujo de participar en películas como “Siempre te amaré”, “Piloto de Pruebas” y “Turismo Carretera”, en este caso interpretándose a si mismo. Y el año pasado presentó su libro: “El Trueno Naranja ruge nuevamente”, en el que se relatan sus anécdotas. A los 77 años, Pairetti, el monarca vivo más añejo del TC, es una marca registrada en el automovilismo argentino.

Por Diego Bascuñan
dbascunan@corsaonline.com.ar

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